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¿Por qué el dharma da miedo?

¿Por qué el dharma da miedo? Cuando se habla del dharma, muchas personas imaginan inmediatamente una vida más feliz, más tranquila o más alineada. Sin embargo, no es así como yo lo observo.

El dharma no es ni positivo ni negativo.

No promete una existencia perfecta ni la desaparición de todas las dificultades.

Simplemente representa una vida que, poco a poco, se vuelve más auténtica, más coherente con lo que realmente somos.

Entonces surge una pregunta con frecuencia.

Si el dharma es simplemente un reajuste natural de nuestra vida, ¿por qué a veces da tanto miedo?

Durante mucho tiempo me hice esa misma pregunta.

Al observar mi propia evolución, pero también la de las personas a las que acompaño, terminé comprendiendo que no es el cambio lo que realmente nos asusta.

Lo que nos da miedo es dejar de poder controlar lo que va a suceder.

Y esa es, probablemente, una de las mayores diferencias entre el karma y el dharma.

También hay que añadir algo esencial: el dharma da miedo porque, de manera natural, tememos lo desconocido.

Tememos el futuro y, sobre todo, una vida que nunca hemos vivido.

Mientras permanecemos dentro de referencias conocidas, incluso aunque sean incómodas, existe una cierta sensación de seguridad.

Pero en cuanto la vida comienza a llevarnos hacia algo que no podemos anticipar, aparece una inquietud mucho más profunda.

El karma nos tranquiliza porque crea la ilusión del control

Cuando todavía vivimos dentro del karma, necesitamos comprender lo que nos está ocurriendo.

Buscamos explicaciones para nuestras repeticiones, nuestras relaciones, nuestras dificultades profesionales o familiares.

Pero muy pronto aparece otra preocupación: queremos saber qué nos espera.

¿Cuándo conoceré a alguien?

¿Cuándo encontraré por fin el trabajo que realmente me corresponde?

¿Cuándo mejorará mi situación económica?

Nos gustaría conocer el calendario de nuestra vida.

Nos gustaría saber cuándo cambiarán las cosas para sentirnos tranquilos.

Esta búsqueda es profundamente humana.

Nos da la sensación de que todavía conservamos cierto control sobre nuestro futuro.

En el dharma, el calendario desaparece poco a poco

Es precisamente aquí donde todo empieza a cambiar.

Con el paso de los años he observado que las personas que entran progresivamente en su dharma dejan poco a poco de necesitar conocer de antemano cada etapa de su vida.

Por supuesto, siguen teniendo proyectos, deseos y objetivos, pero ya no sienten la necesidad de organizarlo todo hasta el más mínimo detalle.

Descubren que ciertos encuentros llegan sin haberlos buscado.

Que un proyecto toma forma cuando ni siquiera existía unos meses antes.

Que una oportunidad profesional aparece justo cuando realmente resulta necesaria.

Poco a poco, el calendario deja de estar bajo control.

Los acontecimientos encuentran su propio ritmo.

Y precisamente eso puede resultar profundamente desconcertante.

La vida comienza a proponer

En el karma solemos tener la sensación de que debemos buscarlo todo por nosotros mismos.

Buscamos una solución a nuestros problemas, un nuevo trabajo, una relación, un lugar donde vivir o una respuesta a nuestras preguntas.

En el dharma observo un movimiento completamente diferente.

La vida comienza a proponer.

Las personas adecuadas aparecen de forma natural.

Surgen las ideas adecuadas.

Las oportunidades se presentan sin haber sido forzadas.

No hablo de magia.

Hablo simplemente de lo que llevo años observando a través de las lecturas kármicas.

Los acontecimientos se vuelven mucho más coherentes.

Llegan cuando realmente son necesarios, y no necesariamente cuando nosotros los habíamos imaginado.

Renunciar al control lleva tiempo

Probablemente esta sea la etapa más difícil.

Hemos pasado gran parte de nuestra vida anticipando, organizando, planificando y tratando de asegurar el futuro.

Hemos aprendido a creer que debemos controlarlo todo para sentirnos seguros.

El dharma nos propone, poco a poco, otra manera de vivir.

No nos pide que nos volvamos inconscientes ni pasivos.

Simplemente nos invita a dejar de querer controlar cada detalle de nuestra existencia.

Esta forma de vivir no puede decidirse por pura voluntad.

No aparece de un día para otro.

Se instala poco a poco, a través de la experiencia, cuando comprobamos que la vida sigue avanzando aunque todavía no conozcamos el siguiente paso.

Las necesidades empiezan a ser satisfechas

Una de las cosas que más me ha impresionado es la manera en que nuestras necesidades comienzan, poco a poco, a ser atendidas.

No hablo de todos nuestros deseos.

No hablo de una vida en la que todo se vuelve fácil.

Hablo de aquello que realmente es esencial.

Un encuentro.

Un proyecto.

Un profesional.

Un lugar donde vivir.

Los recursos necesarios para seguir avanzando.

Observo que, dentro del dharma, las personas no reciben necesariamente todo lo que habían imaginado.

Sin embargo, reciben mucho más fácilmente aquello que realmente es justo para ellas en ese momento preciso.

El dharma no promete una vida ideal.

Va aportando, poco a poco, aquello que es necesario para continuar el camino.

Una confianza que nace de la experiencia

El paso hacia el dharma no ocurre en unos pocos días.

Con frecuencia requiere varios años.

Observo regularmente a personas que, con un acompañamiento adecuado, necesitan dos o tres años para entrar verdaderamente en esta nueva manera de vivir.

Poco a poco, algo cambia.

El miedo al futuro disminuye.

La necesidad de controlarlo todo se apacigua.

Aparece una nueva confianza.

No una confianza basada en una creencia o en un método, sino una confianza que nace de la experiencia.

Al comprobar una y otra vez que los acontecimientos siguen llegando en el momento adecuado, las personas dejan poco a poco de querer preverlo todo.

El mayor cambio del dharma

Por eso el dharma puede dar miedo.

No nos pide simplemente cambiar nuestra vida.

Nos invita a cambiar nuestra manera de vivir la vida.

A aceptar que no todo puede preverse.

A dejar espacio para aquello que llega de forma natural.

A recibir los acontecimientos cuando se presentan, incluso cuando no se parecen a lo que habíamos imaginado.

Probablemente ese sea el mayor aprendizaje del dharma.

Comprender que la vida no nos pide controlarlo todo.

Simplemente nos pide estar disponibles para aquello que es justo, en el momento en que llega a serlo.


Angélique CHAPUIS
Lectora del Karma y del Dharma
www.caseor.com

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