¿Por qué siempre soy yo quien carga con todo?

¿Por qué siempre soy yo quien carga con todo? ¿Y si no fuera solo cuestión de tu personalidad?

«Siempre termina recayendo todo sobre mí.»

Es una frase que escucho muy a menudo durante mis consultas.

Algunas personas tienen la sensación de ser responsables de todo:

  • En su familia.

  • En su relación de pareja.

  • En el trabajo.

  • Con sus seres queridos.

Organizan.

Tranquilizan.

Se anticipan.

Encuentran soluciones.

Cargan con las dificultades de los demás como si eso formara parte de su papel de manera natural.

Cuando surge un problema, todo el mundo acude a ellas.

Y, con el paso del tiempo, terminan preguntándose:

¿Por qué siempre soy yo quien carga con todo?

Pero detrás de esta pregunta se esconde, en ocasiones, una realidad más profunda.

¿Y si este papel no procediera únicamente de tu personalidad actual?

¿Y si siguieras cargando con responsabilidades que ya no te pertenecen?

En mis libros sobre el karma familiar, el karma del trabajo y las memorias kármicas, explico que ciertas repeticiones no están relacionadas únicamente con nuestra historia presente. También pueden ser la expresión de patrones más antiguos que siguen influyendo en nuestra forma de actuar, de elegir y de posicionarnos en la vida.

No es solo una cuestión de carácter

Con frecuencia escuchamos las mismas explicaciones:

«Soy demasiado bueno.»

«No sé decir que no.»

«Tengo un gran corazón.»

Estas explicaciones pueden parecer evidentes.

Pero no bastan para comprender por qué algunas personas reproducen este mismo funcionamiento en todos los ámbitos de su vida.

¿Por qué siempre terminan asumiendo las mismas responsabilidades?

¿Por qué siempre atraen las mismas expectativas?

¿Por qué les resulta tan difícil soltar aquello que cargan?

Cuando un mismo desequilibrio se repite una y otra vez, merece la pena observarlo desde otra perspectiva.

Porque, a veces, lo que llamamos personalidad también es la consecuencia de antiguos papeles que hemos aprendido a ocupar.

Papeles familiares.

Papeles transgeneracionales.

Pero también papeles kármicos que pueden seguir influyendo en nuestra manera de actuar en la actualidad.

En mis libros hablo especialmente de estas memorias que pueden mantener a una persona en una función repetitiva: la de quien protege, repara, sostiene o asume aquello que debería ser compartido.

El mismo papel puede repetirse durante toda una vida

Algunas personas se convierten desde muy jóvenes en el pilar de su familia.

Cuidan de los demás.

Tranquilizan.

Se anticipan a las necesidades de todos.

Evitan los conflictos.

Aprenden a ser fuertes, a gestionar, a controlar y a seguir adelante incluso cuando están agotadas.

Años más tarde, vuelven a desempeñar exactamente el mismo papel en su vida profesional.

Se convierten en quienes sustituyen a todo el mundo.

Quienes se ocupan de los casos más difíciles.

Quienes encuentran las soluciones.

Quienes apoyan a sus compañeros.

Después, ese mismo escenario puede reaparecer en la pareja.

Asumen las decisiones.

Las responsabilidades.

La organización.

La carga mental.

El escenario cambia.

Pero la energía interior suele permanecer igual.

Durante una lectura kármica, este tipo de repetición puede revelar que la persona sigue funcionando desde un antiguo lugar: el del protector, el salvador, el responsable de la familia o quien debía mantener el equilibrio de quienes le rodeaban.

Es un tema que desarrollo en mis libros sobre el karma familiar: algunas personas heredan papeles invisibles y continúan reproduciéndolos hasta que toman conciencia de que pueden liberarse de ellos.

¿Por qué también se repite en el trabajo?

El trabajo es un extraordinario reflejo de la manera en que nos posicionamos.

Algunas personas ocupan de forma natural un lugar de apoyo, protección o gestión.

Se convierten en el pilar de su equipo.

En la persona de referencia.

En aquella con la que todo el mundo sabe que puede contar.

Pero detrás de esa capacidad para gestionarlo todo puede esconderse un desequilibrio interior mucho más profundo.

Algunas personas funcionan con una energía muy orientada hacia la acción, el control, el rendimiento y la responsabilidad permanente.

Una energía más vinculada al masculino interior cuando se vuelve excesiva.

Por el contrario, otras pueden encontrarse en una posición donde cargan demasiado con las emociones, las necesidades de los demás o la búsqueda constante de armonía, sin apoyarse lo suficiente en su propia fuerza interior.

No se trata aquí de una cuestión de género.

Se trata de un equilibrio energético interior.

Cuando las polaridades femenina y masculina dejan de estar alineadas, una persona puede ocupar un lugar que realmente no le corresponde.

Da demasiado.

Controla demasiado.

Absorbe demasiado.

Carga demasiado.

En mi enfoque del karma del trabajo, observo que estos mecanismos pueden influir profundamente en la manera en que una persona vive su actividad profesional: su relación con la responsabilidad, la dificultad para recibir, la necesidad de demostrar constantemente su valor o la tendencia a compensar siempre por los demás.

Cargar con los demás puede tener un origen interior y kármico

A fuerza de asumir siempre las responsabilidades, algunas personas terminan olvidando poco a poco su propio lugar.

Se sienten útiles cuando resuelven los problemas.

Legítimas cuando sostienen a los demás.

A veces tienen la sensación de que, si dejan de gestionarlo todo, todo podría derrumbarse.

Ese funcionamiento acaba volviéndose automático.

Ya no nace de una elección consciente.

Proviene de una memoria interior que sigue influyendo en sus reacciones.

Algunas personas cargan porque han desarrollado una energía orientada hacia la acción, el control, la decisión y la responsabilidad permanente.

Otras cargan porque han desarrollado una energía orientada hacia la absorción, el cuidado, el sacrificio y el hecho de dejar siempre sus propias necesidades en segundo plano.

Pero estos desequilibrios también pueden tener su origen en experiencias kármicas más antiguas.

Vidas en las que la persona tuvo que sobrevivir.

Proteger.

Mandar.

Obedecer.

Sacrificarse.

O asumir una responsabilidad que nunca fue realmente suya.

Mientras esas memorias permanezcan activas, pueden seguir influyendo en las relaciones, en el trabajo y en la manera en que la persona se percibe a sí misma.

Lo que observo durante un reequilibrio kármico

Con el paso de los años he comprobado que estas repeticiones no se explican únicamente por un rasgo de personalidad.

Durante un trabajo sobre el karma y el dharma es frecuente observar desequilibrios que influyen en la manera en que una persona se posiciona dentro de su familia, en su trabajo o en sus relaciones.

Estos desequilibrios pueden estar relacionados con memorias personales.

Familiares.

Transgeneracionales.

O kármicas.

Pueden llevar a una persona a asumir siempre el mismo papel:

El que salva.

El que sostiene.

El que carga.

El que compensa.

El que repara aquello que no le pertenece.

Por eso algunas personas tienen la sensación de revivir la misma historia con personas diferentes.

El trabajo kármico consiste entonces en identificar esos antiguos papeles, comprender por qué se instalaron y devolver cada energía al lugar que realmente le corresponde.

En mis libros desarrollo esta idea de que el karma no es una condena, sino una comprensión de los mecanismos que se repiten para recuperar una mayor libertad interior.

No se trata únicamente de liberar una emoción o cambiar un hábito.

También consiste en desmontar responsabilidades heredadas, reequilibrar las polaridades interiores y permitir que cada persona recupere su verdadero lugar.

Eso es precisamente lo que acompaño durante mis sesiones de reequilibrio kármico.

Ayudar no es el problema

Ser generoso no es un defecto.

Estar comprometido tampoco.

El problema aparece cuando una persona ya no sabe existir de otra manera que cargando con los demás.

Cuando todo su valor parece depender de lo que hace por ellos.

Cuando confunde amor, responsabilidad y sacrificio.

Recuperar el equilibrio no significa estar menos presente.

Significa aprender a dar sin agotarse.

A amar sin perderse.

A ayudar sin cargar con aquello que corresponde a los demás.

Y, en ocasiones, eso implica devolver simbólicamente aquello que nunca nos perteneció.

Soltar antiguas responsabilidades.

Abandonar un papel que quizá hemos desempeñado durante mucho tiempo.

¿Es posible salir de este papel?

Sí.

Pero no consiste únicamente en aprender a decir que no.

Con frecuencia es necesario comprender por qué ese lugar se instaló en nuestra vida y qué memorias continúan alimentándolo.

Un reequilibrio kármico permite observar estos funcionamientos invisibles, recuperar una circulación más armoniosa entre las diferentes energías interiores y liberar progresivamente los antiguos patrones.

También permite trabajar sobre los papeles kármicos que todavía pueden influir en la vida actual.

Porque, a veces, aquello que cargas hoy no es solamente un hábito.

Es una antigua responsabilidad que sigues manteniendo de forma inconsciente.

Muy a menudo, las personas descubren que pueden seguir estando presentes, siendo generosas y comprometidas…

Sin necesidad de cargar con la vida de los demás.

Poco a poco recuperan un lugar más justo.

Un lugar desde el que pueden ayudar sin olvidarse de sí mismas.

Trabajar sin agotarse.

Amar sin sacrificarse.

Porque, en el fondo, no se trata de cargar más.

Tal vez se trate, por primera vez, de recuperar plenamente el propio equilibrio interior y ocupar el lugar que realmente les corresponde.

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